Bruchko

Bruchko

 

Libro autobiográfico del misionero norteamericano Bruce Olson, el primer hombre blanco que se internó en la selva colombiana y convivió con la peligrosa tribu motilona. La primera edición se publicó en 1970 con el título: “Por esta cruz te mataré”.

Bruce, desde muy joven, se deleita­ba en leer los textos de la Biblia en griego, hebreo y latín, pero siempre estaba en su corazón el ardiente deseo de conocer a Dios personalmente. Un día le entregó su vida a Él, y comenzó a visitar una Iglesia evangélica. Olson, soñaba con convertirse en un reconocido lingüista, pero Dios tenía otros planes para él: aquel joven alto y delgado, de cabellos rubios y ojos azules, predicaría el Evangelio en la selva suramericana. A sus cortos diecinue­ve años, viajó a Venezuela, sin el apoyo de la “Junta de Misiones”, ya que no había sido aceptado, pero el Señor nunca lo re­chazó.

 

-¿Has oído hablar de la tribu de los motilo­nes?- me preguntó. Nuestra conversación fue fructífera. Descubrí entonces por qué Dios me había guiado a Suramérica. “El primer contac­to que hubo entre los motilones y la civilización ocurrió cuando ellos nos atacaron con sus fle­chas- dijo Nieto-. Nadie ha aprendido jamás la lengua de los motilones, ni se ha acercado lo suficiente como para describir sus costumbres. Los motilones viven en una zona selvática en la frontera entre Colombia y Venezuela”, añadió. “¿Qué puedo hacer yo por un grupo de indíge­nas primitivos y salvajes?”, me pregunté. Pero no importaba lo que pensara, sabía que Dios quería que fuera a ellos.

 

El rechazo de los motilones hacia los hombres blancos se debía a que las gran­des compañías petrolíferas norteame­ricanas estaban muy interesadas en el territorio motilón y buscaban adueñarse de su “hogar”. Olson, sin embargo, tenía otras intenciones, pero sería sumamente complicado demostrarles a los motilones que aquel hombre blanco era inofensivo para ellos. En su primer intento, llegó a la aldea de los yukos, en donde casi es asesinado.

 

-Señor Dios -dije-, ¿Cuánto tiempo va a continuar esto? ¿Tengo que pasar por este su­plicio? – Me imaginé un futuro lleno de tor­turas, de incapacidad para comunicarme y de muerte. Entonces sucedió algo extraño. Fue como si me hubieran derribado de un tremendo golpe. Me pareció ver a Jesús en la cruz. Co­mencé a llorar. -Oh Jesús -dije asombrado y te­meroso-, esto es lo que tú tuviste que soportar. ¡Nosotros debimos parecerte tan sucios como estos indígenas me parecen a mí! ¡Cuán insen­sato debió parecerte nuestro odio! Me quedé tendido. -Señor, te daré lo que pueda. Te daré mi fuerza, mi vida. Aguantaré cualquier cosa, toda dificultad. Moriré incluso si me permites hablarles de tu Hijo a los motilones.

 

Solo un año después pudo pisar territo­rio motilón, en donde su recibimiento sería no menos sangriento. Como ya conocía a los yukos, les preguntó si podían condu­cirlo, pero nadie se atrevía a arriesgar su vida. Los motilones al verlo acercarse, lo hirieron con una flecha y fue conducido hacia una aldea. Bruce se sentía débil, en­fermo, con una fuerte infección y su estó­mago devolvía los gusanos que le daban por comida. Una noche decidió escapar, fue confundido con un guerrillero comu­nista y conducido a Bogotá. Sin embargo, al poco tiempo regresó. Los motilones, en esta ocasión ya no lo atacaron, sino, que, parecían divertirse observando aquel hom­bre blanco, su abundante vellosidad y su peculiar vestimenta. Pasó mucho tiempo hasta que aprendiera el dialecto motilón, era complicado y descubrió que era una lengua tonal. Bruchko, como lo llamaban los motilones, ya podía comunicarse con los indígenas y se preguntó cómo podía él hablarles de Jesús sin que eso afectara sus costumbres y creencias.

 

Sabía muchas cosas acerca de las creencias de los motilones, pero nada que yo les conta­ra de Jesús tendría sentido para ellos. Eso era lo que hacía todo hombre blanco. Nunca se ajustaría al estilo motilón. ¿Qué sucedería si alguno entregaba su vida al Señor Jesús? Pero necesitaban a Jesús. Era obvio. ¿Cómo podía yo darles a conocer a Jesús tal como él es, indepen­dientemente de mi personalidad y mi cultura? Incliné la cabeza. El sol me quemaba el cuello. “Oh Jesús -oré-, esta gente te necesita. Revéla­te a ellos. Quítame de en medio y háblales en su propia lengua para que puedan saber quién eres. Oh Jesús, hazte un motilón”.

El hombre blanco de corazón motilón, aprendió a pescar, a cazar, y fue adaptán­dose al estilo de vida de aquellos simpá­ticos indígenas. Pero, en especial, se hizo amigo de un motilón llamado Bobarisho­ra, o Bobby, como lo llamaba Olson. Eran como hermanos, y fue el primero en en­tregar su vida a Jesús. Su cambio fue un contundente ejemplo para los demás indí­genas, pero buscar las palabras correctas que reemplazaran a las que Bruce conocía, era un arduo trabajo. Un claro ejemplo de ello, es el siguiente párrafo, en donde Bo­bby quiere “atar las cuerdas de su hamaca a Jesús”, o sea, quiere entregarle su vida a Jesús y dejar que él conduzca su vida.

 

-Bruchko -dijo-, yo quiero atar las cuerdas de mi hamaca a Jesús. ¿Cómo puedo hacerlo? No lo puedo ver ni tocar. -Has hablado a los espíri­tus, ¿no es cierto? -Le recordé inmediatamente. -Ah, ya entiendo -dijo. Jesús es un espíritu. Al día siguiente estaba muy risueño. -Bruchko, he atado las cuerdas de mi hamaca a Jesús. Ahora hablo una nueva lengua. No entendí lo que Bo­bby me quería decir. -¿Has aprendido algo de español? Se rió con una expresión clara y dulce. -No, Bruchko, hablo una nueva lengua. Enton­ces comprendí. Para un motilón, la lengua es la vida. Bobby gozaba de una nueva vida y una nueva forma de hablar. Su habla estaría orien­tada a la comunicación con Jesús. Echamos el brazo de cada uno sobre el hombro de otro. Mi pensamiento retrocedió al día en que tuve un “encuentro” con Jesús, y a la vida que fluyó en mi interior. Ahora mi hermano Bobby experi­mentaba a Jesús de la misma manera. Había comenzado su andar con Jesús. -¡Jesús ha re­sucitado de los muertos! -gritó Bobby; el sonido penetró en la selva-. Él ha recorrido nuestras sendas. Lo he encontrado.

 

Con la conversión de Bobarishora, mu­chos motilones recibieron a Jesús en su corazón. Reemplazaron sus cánticos pa­ganos por alabanzas a Dios, empezaron a preocuparse por su prójimo, dejaron las bebidas fermentadas, empezaron a asear­se y desinfectar sus aldeas. El cambio fue muy evidente, y pronto las tribus aleda­ñas también conocieron del amor de Cris­to, gracias al testimonio de los motilones. Ocurrieron muchos milagros: los enfermos eran milagrosamente curados, las epide­mias se extinguían, los espíritus demonia­cos que se alojan en lo profundo de la selva eran ahuyentados con los cánticos de los motilones. El mundo estaba siendo testigo de un verdadero cambio en los indígenas suramericanos, y su progreso se debía a un encuentro personal con Dios.

 

Con todo, el mayor milagro de que he sido testigo fue la transformación ocurrida en las vidas de los motilones. Ellos han encontrado su razón de vivir en Jesús. A raíz de esta nueva vida han rechazado el individualismo que les impedía ayudarse unos a otros. Actualmente se preocu­pan por los demás; se sacrifican verdaderamente. Este cambio ha hecho posible su desarrollo tanto económico como espiritual. Cuando no tenían esta actitud, sus planes siempre fracasaban. Ahora se estaban resolviendo sus problemas.

 

Pese al notable adelanto de los motilo­nes, todavía existía un perenne peligro que atentaba contra su tranquilidad. Los colo­nos, buscaban adueñarse de las tierras mo­tilonas, y una de las víctimas de esta inhu­mana guerra declarada a los indígenas, fue Bobby, quien fue cruelmente asesinado a manos de ellos. Bruchko sufrió muchísimo al enterarse de la muerte de su hermano de pacto y todo el pueblo motilón derramó lágrimas de extremo dolor por el falleci­miento de uno de sus líderes.

 

El círculo de motilones se inclinó y se des­hizo poco a poco. Vi algo que nunca había visto entre los motilones: la gente se tapaba los ojos y lloriqueaba. Ocdabidayna se acercó a mí, inten­tando sonreír. Mira a todos nos ha afectado la gripe -dijo. -No -le contesté-, no es gripe lo que tenemos; no es gripe. Entonces Ocdabidayna, uno de los principales jefes, se llevó las manos a la cabeza y cayó al suelo. -Bruchko -dijo mi­rándome-, no soy un hombre. Soy un niño, un niño pequeño. Solo los niños lloran. Su dolor conmovió a los motilones de como nunca antes. Corrieron a la jungla para ocultar sus lágrimas unos de otros. -Bruchko -dijo Ocdabidayna-, Jesús murió por todas las tribus del mundo. Bobby es casi como él: murió por los motilones.

 

Bruce Olson ha dedicado más de 30 años al servicio de los motilones. En cierta ocasión fue capturado por el Ejército de Li­beración Nacional, pero fue liberado nue­ve meses después, gracias a la insistencia de sus amigos motilones. Dios envió desde el otro extremo de América, un misionero sin preparación, pero de un gran corazón, y gracias a él, dieciocho tribus han cono­cido a Jesús y su amor transformador. En la actualidad, existen muchos jóvenes in­dígenas profesionales que trabajan en las cuarenta y cinco escuelas bilingües en la selva, en los más de cincuenta centros de salud, en cuarenta y dos centros agrícolas y en el proyecto del primer periódico in­dígena multilingüe. Y como mencionó en cierta entrevista un motilón llamando Ara­badoyca: “Todo esto se debe a Saymaydo­dji-ibateradacura (Dios)”.

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Tal Como Soy

Escrita por la inglesa Charlotte Elliott, en 1835, se ha convertido en un himno presente en todo culto cristiano. Su letra penetra los corazones más indiferentes y resume el camino hacia el perdón.

Es el himno más utilizado en las ceremonias evangélicas. Escrito por la autora y compositora inglesa Charlotte Elliott en 1835, que transmite un mensaje de calma y esperanza para cualquier pecador del mundo. Denominado “Tal Como Soy”, y versionado por diversos cantantes cristianos de la actualidad, es además un aviso contundente y a la vez repleto de matices y hondura poética acerca de cómo encontrar la salvación eterna y la felicidad plena por medio de Jesucristo.

 

Han pasado 176 años desde que esta canción llevó a los creyentes hasta los pies del Señor. Y es que su creadora, quien llegó al mundo el 18 de marzo de 1789, la compuso e impregnó de un aroma divino. El motivo es muy simple y complejo: Charlotte Elliott resumió en pocas palabras el camino para obtener el perdón y la confianza de Jesús.

 

Elliott, aunque formaba parte de una prominente familia de cristianos, estuvo más de tres décadas en la encrucijada de creer o no creer en el Todopoderoso. Sin embargo, en 1822 experimentó un encuentro con el Señor que se manifestó a través de un varón de fe. Ese Ministro de Dios fue nada menos que César Malan, de origen francés, quien visitó a la familia de Charlotte y se percató que ella se encontraba muy metida en asuntos superfluos y su vida espiritual era nula.

 

Aquel llamado de atención llevó al nacimiento de un alma en Cristo y al origen de una poderosa canción. Sin embargo, tuvieron que pasar trece años para que Elliott, quien padeció en el camino diversos sufrimientos familiares y físicos, se decidiera a darle su vida al Altísimo tal como ella era: infeliz, indigna, pecadora, mala… Y allí, en ese preciso instante, Charlotte redactó una creación que se difundió por primera vez en 1836, en una publicación cristiana llamada Christian Remembrancer.

 

La autora de este himno, aquejada alrededor de cinco décadas por un terrible mal de salud que la condenó a ser una discapacitada motora, vivió hasta los 82 años y murió en la ciudad de Brighton el 22 de septiembre de 1871. Escribió cerca de 150 canciones dedicadas a Dios y muchos poemas, algunos de los cuales fueron impresos de manera anónima, entorno al Poder del Señor y respecto a la relación que todo humano debe alcanzar con Jesucristo, el único camino a la vida eterna, que no coloca objeciones de ningún tipo para pertenecer a su pueblo.

 

TAL COMO SOY

 

Tal como soy de pecador,

sin más confianza que tu amor,

ya que me llamas, acudí;

Cordero de Dios, heme aquí.

 

Tal como soy, buscando paz,

en mi desgracia y mal tenaz,

conflicto grande siento en mí.

Cordero de Dios, heme aquí.

 

Tal como soy, con mí maldad,

miseria pena y ceguedad,

pues hay remedio pleno en ti,

Cordero de Dios, heme aquí.

 

Tal como soy me acogerás,

perdón y alivio me darás,

pues tu promesa ya creí;

Cordero de Dios, heme aquí.

 

Tal como soy, tu compasión

vencido a toda oposición;

ya pertenezco solo a ti;

Cordero de Dios, heme aquí.

 

Tal como soy, tu amor desconocido,

ha roto todas las barreras hacia abajo;

ahora, para ser tuyo, sí, tuyo solo,

oh Cordero de Dios, yo vengo, yo vengo.

Un misionero de nacimiento

Un misionero de nacimiento

Se llamaba Javier Duarte. A los 34 años un accidente sólo acabó con su existencia física, pero no pudo derrumbar la obra que edificó. Incansable difusor del Evangelio, predicó la Palabra del Señor en Perú y Estados Unidos.

Predicaba la Palabra de Dios de forma cotidiana. Se consideraba poco elocuente, con un carácter humilde y poco afecto a la notoriedad, lo que suplía con una entrega total a la Obra del Movimiento Misionero Mundial y un sometimiento riguroso al Evangelio del Señor. Y, para reforzar su amor incondicional a Jesucristo, en los treinta y cuatro años que duró su recorrido terrenal hizo lo que el Señor dictaminó que hiciera. Sólo ahora, a casi una década de su partida, Javier Duarte Argote se hace manifiesto y notorio a través de un justo tributo para quien en vida se ganó un lugar destacado en el anuncio de las buenas nuevas.

Nacido el 11 de octubre de 1967 en la provincia de las Tunas, en Cuba, Duarte Argote decidió desde muy pequeño en transformarse en un cristiano respetuoso de la sana doctrina. Tercero, de cuatro hijos, de la pareja conformada por Humberto Duarte y Avelina Argote, Javier en sus primeros años de vida se despuntó como un evangélico “humilde y sencillo”. Quienes lo conocieron por aquellos días afirman que era un muchacho callado, de pocas palabras, pero de una fe poderosa como un grito ensordecedor. Su padre, quien laboraba como chofer interprovincial en ese momento, junto a su mujer le inculcó la confianza en Cristo y pudo disfrutar de una niñez tranquila y apacible bajo los designios de Dios.

Rumbo a La Habana

Luego de una infancia y adolescencia timbradas por la paz, su fe evangélica, debido al régimen político y social gobernantes en su isla, lo colocó en medio de una disyuntiva cuando aspiraba a estudiar ingeniería eléctrica en los primeros años de los ochenta. El dilema, planteado por los funcionarios gubernamentales de su ciudad natal, lo obligó a elegir entre sus convicciones cristianas y los estudios universitarios. Entonces fue que optó por Dios y se vio obligado a emigrar a La Habana para seguir una carrera técnica en suelos y agroquímica. “Prefiero estudiar otra cosa antes que renunciar a mi fe”, repitió una y otra vez antes de marcharse a la capital de Cuba donde continuaría al lado del poder salvador de Dios.

En La Habana, mientras el planeta observaba el final de la “Guerra Fría” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el compromiso de Duarte con Dios se hizo más ferviente. Entretanto se dedicaba a terminar sus estudios técnicos, en 1985, conoció a Priscila Vizcay, una mujer de fe, en un templo de la capital cubana y gracias a ello completaría su alianza con el Señor. Porque de aquel encuentro, predeterminado por el Salvador, se gestaría un feliz matrimonio que compartió el amor por Jesucristo y que se materializó en 31 de octubre de 1987. Una unión que, del mismo modo, certificó el poder de la oración y el valor del sometimiento de dos cristianos que dejaron en las manos de Jesús sus vidas y fueron premiados con creces por el Señor.

Aunque fue un ciudadano cubano ejemplar, que sólo se dedicó a la causa de Cristo y a trabajar como cualquier otra persona más, la vida de este cristiano no estuvo al margen de las rigurosas restricciones ideológicas impuestas en su país. Según su esposa Priscila Vizcay, testigo de los acontecimientos, Javier fue víctima de hostigamientos y persecución por ser creyente de la fe cristiana. Sus actividades y reuniones fueron observadas por el gobierno de la isla y se le prohibió predicar la Palabra de Dios por las calles y en los espacios públicos. Debido a ello, a la pareja Duarte-Vizcay no le quedó más alternativa que salir de territorio cubano el 12 de abril de 1989 con destino a Perú.

Mollendo, New Orleans, Miami…

Instalado junto a su familia en la parte occidente de América del Sur, donde fue recibido por el reverendo Rodolfo González Cruz, recién allí Javier concretó su idea de ser misionero de la Obra de Dios. Sin limitaciones ni impedimentos de ningún tipo, Duarte se unió al Movimiento Misionero Mundial del Perú y al poco tiempo partió a la ciudad de Arequipa, en la que se encontraban los padres de su esposa, a fin de emprender la tarea señalada para él por Jesucristo. Después, siempre guiado por el Señor, recaló en la ciudad costera de Mollendo, en la que el cristianismo estaba ausente y reinaba la vida mundana, e inició un ministerio fértil.

Sin embargo, al pie del Océano Pacífico, el hombre que siempre andaba con una sonrisa colgada del rostro, debió pasar una serie de duras pruebas de fe para reafirmar su sumisión a Dios. Fueron días donde su valor y su confianza en Cristo se impusieron al hambre, el desamparo, la pobreza, las hostilizaciones de la iglesia tradicional y las amenazas y amedrentamientos de las organizaciones terroristas que causaban zozobra y terror en el Perú de inicios de los noventa. Una victoria que, auspiciada por el Todopoderoso, transformó muchas vidas en la ciudad de Mollendo.

El 30 de septiembre de 1992, Duarte Argote parte a Estados Unidos para proseguir con su misión cristianizadora. Allí, en el gigante de América del Norte, en la ciudad de New Orleans, la más grande del Estado de Luisiana, estableció un templo y captó muchas almas para el rebaño de Jesús y pasó por encima de las barreras culturas e idiomáticas que se le pusieron al frente. Empero, al cabo de cinco años se trasladó a la ciudad de Miami, la más latina de Norteamérica, y volvió a empezar en el trabajo de cimentar y propagar las bases de la Iglesia.

Desafortunadamente, el 12 de marzo de 2002, junto a su esposa Priscila y sus hijos Damaris, Dorcas y Javier, y en el mejor momento de su quehacer evangélico, Duarte sufre un mortal accidente de tránsito y un día después el Señor decide llevárselo a su presencia. De este modo, culminó el paso terrenal de un hombre que no dudó jamás en someterse a los mandatos de Dios y que en su existencia dejó una huella imborrable de amor por la misión evangelizadora. Un trabajo que hoy, casi una década después de su muerte, se mantiene vivo e incólume a través del testimonio de su familia que tan igual que él, a diario, predica la Palabra de Jesucristo como la tarea máxima de una familia cristiana comprometida con la Obra del Movimiento Misionero Mundial de Dios.

John Gibson Paton

John Gibson Paton nació en 1824 en Escocia y era hijo mayor de una familia numerosa.Pudo estudiar los primeros años en Escocia, pero pronto tuvo que acompañar a su padre en el sostenimiento familiar haciendo medias. Desde pequeño apareció su pasión por la Biblia en la que ocupaba buena parte de su día. Su padre siempre inculcó los valores cristianos en su pequeño.

Paton veía a su padre ir a orar tres veces al día a un cuarto aparte en la casa y cuando regresaba el pequeño notaba que tenía un resplandor en el rostro. “Nosotros los hijos sabíamos que era el reflejo de la Presencia Divina en el cual vivía su vida”, escribió en alguna oportunidad.

Su pasión por la obra de Dios se notó en que eventualmente se fue como misionero a la ciudad de Glasgow (capital de Escocia) donde trabajó con personas en muchos niveles, especialmente en la enseñanza, y fue aquí, donde escuchó de las misiones fuera del país, siendo aceptado como misionero a las islas Nuevas Hébridas, que ahora son la república de Vanuatu, al este de Australia y Nueva Zelanda.

Cuando salió como misionero, John recuerda un momento en el que su papá volvió a inspirarlo. La caminata desde la casa en Escocia hasta el lugar de salida era de 40 millas (64 km)– su progenitor caminó las primeras 6 millas (9,6 km) con él.

Cuando se despidieron, Paton recuerda cuando su padre oró por él  y dejó en John el recuerdo de un varón de Dios que lo motivó y le ayudó a perseverar en los años que seguían.

Recién casado con Mary Ann Robson, John Paton salió hacia las islas Nuevas Hébridas donde se estableció en la isla de Tanna, un lugar prácticamente no alcanzado por el Cristianismo; ya que sólo había un misionero que se estableció del otro lado de la isla.

En esta isla vivían unas tribus muy violentas y con prácticas canibalistas. John y Mary construyeron una casa. En febrero de 1859 les nació su primer hijo Meter y a poco más de un mes después, murieron Mary y Peter de una fiebre tropical – John los enterró antes de cumplir un año de casado.  Sin embargo, él decidió quedarse allí en la isla y no abandonar la obra misionera.

Las tribus que vivían en la isla tenían prácticas muy violentas, por ejemplo, cuando moría un hombre, mataban a la esposa para que ésta la sirviera en la vida próxima; frecuentemente golpeaban a sus esposas; y cuando había guerras o peleas entre ellos, los victoriosos cocinaban y comían a los perdedores.

John se preguntaba cómo iba a hacer para evangelizar, y aún a civilizar, a estas tribus, pero aún así siguió haciéndolo. Comenzó a hacer amistad con algunos allí y a aprender el idioma de los mismos; diseñó una manera de escribir el idioma utilizando una pequeña imprenta y comenzó a reproducir algunos textos Bíblicos en el idioma tannense.

Luego de cuatro años en Tanna, en medio de una guerra entre diferentes tribus, uno de sus amigos tannenses le advirtió que esa noche habían resuelto algunos de la tribu matarlo y comérselo. John escapó de su casa con su Biblia y con los escritos traducidos a Tannense para nunca volver.

Logró abordar un barco y salir eventualmente a Australia y luego regresó a su tierra natal de Escocia donde conoció y se casó con Margaret Whitecross. Dos años después, John y Margaret regresaron a las Islas Nuevas Hébridas, estableciéndose una misión en la isla Aniwa, donde encontraron tribus similares a los de la isla de Tanna, pero donde corrieron con mejor suerte.

En Aniwa, también aprendieron el idioma, establecieron dos casas para huérfanos, enseñaron a leer la Biblia, educaron a muchos en la doctrina cristiana y enviaban a estos mismos a las otras tribus a evangelizar.

Allí John y Margaret tuvieron varios hijos más, uno de los cuales cuando creció regresó a las Islas Nuevas Hébridas también como misionero. Treinta y tres años después de establecidos en Aniwa, se publicó el Nuevo Testamento en el idioma Aniwence.

En sus últimos años, John y Margaret se establecieron en Australia donde ayudaban a promocionar misiones a las Islas Nuevas Hébridas – con mucho éxito ya que por lo menos 25 misiones se establecieron en estas islas.

John murió a los 83 años, dejando un ejemplo para todos nosotros de alguien que dedicó su vida entera a Dios y que sufrió por alcanzar a los necesitados del mensaje de salvación.

Juan Bunyan

Juan Bunyan

“Caminando por el desierto de este mundo, paré en un sitio donde había una caverna; allí me acosté para descansar. Pronto me quedé dormido y tuve un sueño.

Vi a un hombre cubierto de andrajos, de pie y dando la espalda a su habitación, que llevaba una pesada carga sobre los hombros y en las manos un libro”. A pesar de que sus padres eran muy pobres, consiguieron que aprendiera a leer y a escribir.

El mismo se llamó “el principal de los pecadores”.Se casó con una joven cuya familia entera eran cristianos fervorosos. Bunyan era hojalatero y por lo tanto pobrísimo. Ella no poseía ni un plato, ni una cuchara, solamente tenía dos libros: “El camino al Cielo para el hombre sencillo” y “La práctica de la piedad”, obras que le dejó su padre al fallecer. Bunyan solo encontró en los cultos la convicción de ir camino al infierno.Había leído una obra de los “Ranters” y entonces cuenta que oró fervorosamente:

“Oh Señor, no sé juzgar entre el error y la verdad. Señor, no me dejes solo en esto de aceptar o rechazar esta doctrina ciegamente; si es de Dios, no me dejes despreciarla; si es obra del diablo, no me dejes abrazarla”- y alabado sea Dios por haberme guiado a clamar desconfiando de mi propia sabiduría, y por haberme guardado del error de los “Ranters”-Bunyan cuenta por sí mismo lo siguiente: 12″Durante el tiempo en que me sentí condenado a las penas eternas, me admiraba de cómo los hombres se esforzaban por conseguir los bienes terrenales, como si esperasen vivir aquí eternamente…

Si yo hubiese tenido la seguridad de la salvación de mi alma, cómo me sentiría eternamente rico, aun cuando no tuviese para comer más que frijoles”.”Busqué al Señor, orando y llorando, y desde el fondo de mi alma clamé: ‘Oh Señor, muéstrame, te ruego, que me amas con amor eterno’. Entonces escuché repetidas mis palabras, como en un eco: ‘Yo te amo con amor eterno’. Me acosté y, al despertarme al día siguiente, la misma paz inundaba mi alma. El Señor me aseguró:

‘Te amé cuando vivías en pecado; te amé antes, te amo después y te amaré siempre’.”Cierta mañana, mientras yo oraba temblando porque pensaba que no obtendría una palabra de Dios para consolarme, El me dio esta frase: ‘Te basta mi gracia’.”Mi entendimiento se llenó de tanta claridad, como si el Señor Jesús me hubiese estado mirando desde el cielo a través del tejado de la casa y me hubiese dirigido esas palabras. Volví a mi casa llorando, transportado de gozo, y humillado hasta el polvo”.

“Sin embargo, cierto día, mientras caminaba por el campo, con mi conciencia intranquila, repentinamente estas palabras se apoderaron de mi alma: ‘Tu justicia está en los cielos’. Con los ojos del alma me pareció ver a Jesucristo sentado a la diestra de Dios, que permanecía allí como mi justicia…

Además vi que no es mi buen corazón lo que mejora mi justicia, ni lo que tampoco la perjudica; porque mi justicia es el propio Cristo, el mismo ayer, hoy y para siempre. Entonces las cadenas cayeron de mis tobillos: quedé libre de mis angustias y las tentaciones que me acechaban perdieron su vigor; dejé de sentir temor por la severidad de Dios y regresé a casa regocijándome con la gracia y el amor de Dios. No encontré en la Biblia la frase:

‘Tu justicia está en los cielos’, pero hallé: ‘El cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención’ (1 Corintios 1:30), y vi que la otra frase era verdad”.”Mientras así meditaba, la siguiente porción de las Escrituras penetró con poder en mi espíritu: ‘Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia’. Así fui levantado a las alturas y me hallé en los brazos de la gracia y de la misericordia. Antes temía a la muerte, pero después clamé: ‘Quiero morir’.

La muerte se volvió para mí una cosa deseable. No se vive verdaderamente antes de pasar a la otra vida. ¡Oh, pensaba yo, ‘esta vida es apenas un sueño en comparación con la otra!’.Después de su conversión sintió un deseo grande de predicar el evangelio a todos los hombres necesitados, pues había comprendido el gran valor de los tesoros que Dios les ofrece a los hombres a través de su gracia.

En su ministerio empezó a cosechar éxitos y sus problemas con el enemigo de nuestras almas comenzaron, primero al atacarlo con la tentación de la vanagloria y al no dar resultado estos ataques se empezaron a esparcir rumores por todo el país de que Bunyan era un hechicero, jesuita y contrabandista, y además que vivía con una amante y tenía dos mujeres y que sus hijos eran ilegítimos.A pesar de estos grandes ataques Bunyan no desistió de la predicación del evangelio y la búsqueda de la salvación de los hombres. Entonces inició el ataque más fuerte del maligno.

Bunyan fue acusado de no observar los reglamentos de la iglesia oficial. Debido a esto las autoridades civiles de Inglaterra lo sentenciaron a prisión perpetua, hasta que jurase que no volvería a predicar nunca más.Un año antes de caer preso Bunyan hizo su oración principal: “Fui guiado a orar, a pedirle a Dios que me fortaleciese ‘con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad, con gozo dando gracias al Padre’. Además fue llevado a considerar seriamente el pasaje “Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos”.

En la prisión se fortaleció en el poder de Dios de manera que estaba dispuesto a sufrir cualquier castigo por la causa de Cristo. Veía que con toda probabilidad que en cualquier momento podía ser azotado o torturado en una picota. Temía el destierro, que lo llevaría a ser separado de sus seres queridos; su esposa y sus hijos. Especialmente sufría por la suerte que correría su hijita ciega.A pesar de todo meditaba en el horror del castigo eterno que correrían aquellos que se negaran a glorificar a Cristo y de su deber de dar testimonio de Cristo a pesar de todo. Más pensaba en la gloria que Cristo prepara para aquellos que con amor, fe y paciencia daban testimonio de El. Cuando le ofrecían su libertad a cambio de que nunca volviera a predicar el contestaba:

“Si hoy saliese de la prisión, mañana comenzaría a predicar, con la ayuda de Dios”.Bunyan pasó 12 años en la cárcel. Un cuáquero llamado Whitehead consiguió que lo liberaran con la ayuda de Dios, Después de ser liberado continuó predicando con gran éxito en varias ciudades de Inglaterra. Continuó su ministerio fielmente hasta la edad de sesenta años, cuando fue atacado de fiebre y murió.Algunas de sus obras escritas son las siguientes: “Gracia abundante para el principal de los pecadores”, “Llamado al ministerio”, “La conducta del creyente”, “La gloria del templo”, “El pecador de Jerusalén es salvo”, “Las guerras de la ciudad de Alma humana”, “Vida y muerte del hombre malo”, “El sermón del monte”, “La higuera estéril”, “Discursos sobre la oración”, “El viajero celestial”, “Gemidos de un alma en el infierno”, “La justificación es imputada” y el libro más vendido después de la Biblia “El peregrino”.

Gladys Aylward

 

 

-”¡Tú conoces las montañas! ¡Tienes que hacerlo!”- Gladys miró fijamente al oficial intentando entender las implicaciones de sus palabras.

Nadie en realidad esperaba que aceptara el desafío; no solo por el hecho de ser mujer soltera y extranjera, sino también porque los japoneses habían puesto precio a su cabeza.

Gladys miró fugazmente a los niños que jugaban detrás del ejército chino y lentametne asintió con su cabeza.

La defensiva china se estaba viniendo abajo ante el feroz ataque de las fuerzas japonesas y el país estaba sumido en el caos.

Separados de sus familias por la guerra, la vida de cien niños estaba en peligro debido al avance del ejército japonés. Gladys accedió a conducirles a través de unas montañas plagadas de peligros hasta una zona segura.

Su conocimiento de las montañas lo debía a la etapa en la que trabajó como inspectora de gobierno. Gladys solía desplazarse a pie, de aldea en aldea, para comprobar que se cumpliese la ley que prohibía la antigua costumbre de vendar los pies de las niñas para limitar su crecimiento. Al mismo tiempo predicaba el evangelio en forma no oficial.

Gladys era muy conocida y respetada en toda aquella provincia, lo cual le permitía trabajar en su llamado misionero en una vasta área. Y aunque nunca había dudado de su llamado a China, Gladys mantenía una intensa lucha interior en dos aspectos: su deseo de contraer matrimonio (algo que nunca llegó a realizar) y sus sentimientos de inseguridad a lo largo de su carrera misionera.

Le resultaba difícil comprender cómo Dios le había confiado responsabilidades tan grandes. No obstante, ella siguió obedeciendo su llamado.

Rechazada como candidata misionera, Gladys compró su propio pasaje en tren transiberiano y entró sola a China.

A pesar de las inequívocas señales de una guerra inminente, Gladys solicitó la ciudadanía china y se ofreció para servir a su nuevo país en todo lo que le fuera posible.

El rescate de niños es apenas un ejemplo. Su fe en Dios le permitió identificarse con el pueblo chino en unos años difíciles y violentos. Durante todo ese tiempo nunca dejó de señalar el camino al Príncipe de Paz.

Gladys Aylward, fue hija de un cartero, nació cerca de Londres 1902.

Cuando tenía 18 años asistió a una reunión de avivamiento en la cual el predicador invitó a dedicar las vidas a Dios.

Gladys respondió al mensaje, y pronto después se convenció de que tenía el llamado para predicar el evangelio en China.

 

Cuando tenía 26 años intentó ingresar a la Misión a China pero no fue aceptada.

Sin rendirse, ella trabajó duramente y ahorró dinero.

Entonces oyó hablar de una misionera de 73 años, la señora Jeannie Lawson, que buscaba a mujer más joven para continuar su trabajo.

Gladys escribió a señora Lawson y fue aceptada por ésta, con la condición de que debía costearse los gastos del viaje de Inglaterra a China.

Debido a que ella carecía de fondos suficientes como para pagar el precio de la travesía en barco, se propuso viajar por tierra, en tren.

En octubre de 1930 inició su viaje con apenas su pasaporte, la Biblia, los boletos, y dos libras de alimentos.

Viajando en el Tren Transiberiano, finalmente llegó en Vladivostok en la costa este de Siberia.

Ésta no era la ruta más directa a su destino, pero debido a una guerra sin declarar entre Rusia y China, ella tenía pocas opciones.

Ella navegó de allí a Japón y de Japón a Tientsin, y entonces por tren, autobús y mula hasta la ciudad interior de Yangchen, en la provincia montañosa de Shansi, al sur de Pekín (Beijing).

La mayor parte de los residentes no habían visto a ningún europeo con excepción de señora Lawson y ahora de la señorita Aylward.

Desconfiando de ellas por ser extranjeras, los pobladores no se mostraron dispuestos a escucharlas.

Yangchen solía ser una parada de noche para las caravanas a mula que llevaban carbón, algodón crudo, esencias, y mercancías de hierro, en viajes que duraban de seis semanas a tres meses.

A las dos mujeres se les ocurrió que la manera más eficaz para predicar sería instalar un mesón.

El edificio en el cual vivieron había sido una vez un mesón, y con un poco trabajo de la reparación se podría utilizar otra vez.

En una fuente pusieron alimento para mulas. Cuando apareció la primera caravana, Gladys salió hacia fuera, asió la rienda de la mula del guía, y la hizo caminar por el patio. Las otras mulas la siguieron hasta la cubeta con alimento. Los muleteros tenían poca opción. Las mulas no avanzarían hasta comer.

Entonces dieron a los hombres alimento y camas calientes por un precio estándar, y atendieron a sus animales.

Por la tarde contaban historias sobre un hombre llamado Jesús.

 

Después de unas semanas, Gladys no necesitó “secuestrar” a sus clientes, ellos regresaban por la buena atención.

Algunos aceptaron bien a estas cristianas, y prontamente los caravaneros fueron corriendo la voz sobre la posada.

Gladys practicó su chino por horas cada día, y llegó a expresarse con gran fluidez.

Cierto día la señora Lawson sufrió una caída severa, y murió algunos días después. Gladys Aylward quedó sola para hacer funcionar la misión, con la ayuda de un cristiano chino, Yang, el cocinero.

Pocas semanas después de la muerte de señora Lawson, Aylward se reunió con el mandarín de Yangchen. Él llegó en una silla de seda, con un cortejo impresionante, y le dijo que el gobierno había decretado extremar la práctica de caminar sin calzado (para erradicar la ancestral costumbre de achicar los piés).

El gobierno la obligó a cumplir con el decreto y a la vez inspeccionar que éste se cumpla.

Ella debió aceptar. No sabía las impensadas oportunidades de predicar el Evangelio que sobrevendrían a tal decisión.

Durante su segundo año en Yangchen, el mandarín convocó a Gladys.

Había explotado un alboroto en la prisión de los hombres. Cuando ella llegó encontró que los reclusos actuaban con una violencia inusitada, y habían matado a varios de ellos. Los soldados estaban asustados y no se atrevían a intervenir.

El Jefe de guardias de la prisión la había oído predicar que los que confían en Cristo no tienen nada temer. Entonces le pidió si podía intervenir

Ella caminó en el patio y gritó: – ¡Silencio! No puedo oír cuando todos gritan a la vez. Elijan a uno o dos delegados y permítanme hablar con ellos-.

Los hombres bajaron la voz y eligieron a un delegado.

Después de escuchar lo que tuvo que decir el hombre, ella actuaba como enlace entre el Jefe de los guardias y los internos. Con el tiempo llegó a ser un instrumento de cambios positivos en el funcionamiento de la prisión.

La gente comenzó a llamar a Gladys Aylward “Ai-weh-deh” que significa la “virtuosa”.

Cierto día, Gladys vio a una mujer pidiendo limosnas, acompañado por una niña obviamente dolorida y severamente desnutrida.

De alguna manera se alegró que la mujer no sea la madre. Ésta había secuestrado a la niña para usarla con su fin de limosnear. Gladys “compró” a la niña, una muchacha cerca de cinco años.

Un año más adelante, la pequeña vino adentro con un muchacho abandonado en el remolque, pensando “yo comeré menos, de modo que él pueda tener algo.”

Así Ai-weh-deh adquirió su segundo huérfano. Y su familia comenzó a crecer….

Ella era una visitante regular y bienvenida en el palacio del mandarín, que encontraba su religión ridícula pero simplemente le agradaba conversar con ella.

En 1936, Gladys Aylward se hizo oficialmente una ciudadana china. Vivió frugalmente y vistió como la gente alrededor de ella, y esto era un factor importante en la eficacia de su predicación.

Durante la primavera de 1938, los aviones japoneses bombardearon la ciudad de Yangcheng, matando a muchas personas y provocando que los sobrevivientes huyan en las montañas.

Después de cada bombardeo había una ocupación intermitente de la ciudad por parte del ejército japonés.

Durante una de las ausencias del ejército, el mandarín reunió a sobrevivientes y los hizo retirar a las montañas para habitar allí durante un largo tiempo.

Mientras tanto, Gladys nunca dejó de ocuparse de las cuestiones de los presos. La política tradicional establecía la decapitación de todo aquel que intentara escapar.

A medida que la guerra continuó Gladys se encontró a menudo detrás de líneas japonesas, y trabajó pasando información al ejército de China, el país que la adoptó.

Gladys se encontró y entabló amistad con el “General Ley” un sacerdote católico de Europa que había tomado las armas durante la cruel y despiadada invasión japonesa, y ahora estaba encabezando un comando de guerrilla. Finalmente él le envió un mensaje. – Los japoneses están viniendo con todas sus fuerzas. Nos estamos retirando. Ven con nosotros.

Enojada, ella garrapateó una nota china, PU TWAI del CHI TAO TU, “los cristianos nunca se retiran!”

Ella decidió participar ayudando al gobierno en Sian, trayendo con ella a los niños que había adoptado, cerca de 100 (Otros 100 se habían ido unos días antes con un colega).

Con los niños en el remolque, ella caminó por doce días. Algunas noches encontraron el abrigo de anfitriones amistosos. Algunas noches pasaron desprotegido en las laderas de la montaña. En el duodécimo día, se toparon con el Río Amarillo, sin manera de cruzarlo.

Los niños desearon saber, “¿Qué hacemos que no cruzamos?”

Ella dijo, “no hay barcos.” Entonces los niños dijeron: “Dios puede hacer cualquier cosa. Pidámosle que nos consiga uno”

Se arrodillaron, oraron  y cantaron.

Un oficial chino con una patrulla los oyó cantar río arriba y dijo: “pienso que puedo conseguirte un barco.”

Cruzaron el Río Amarillo, y después de algunas dificultades más, Ai-weh-deh entregó su preciada carga en manos seguras en Sian.

Días más tarde, literalmente se derrumbó enferma con fiebre del tifus y padeció de delirio por varios días.

Cuando su salud mejoró gradualmente, ella comenzó una iglesia cristiana en Sian, y trabajó en otros lugares, incluyendo un establecimiento para los leprosos en Szechuan, cerca de las fronteras de Tíbet.

Su salud fue deteriorada permanentemente por lesiones recibidas durante la guerra, y en 1947 ella volvió a Inglaterra para una operación necesaria.

Ella permanecería en Inglaterra, predicando allí.

En 1955, ella volvió al Oriente y abrió un orfanato en Formosa (Taiwán), que continuó funcionando mientras ella vivió.

Gladys Aylward, Ai-weh-deh, murió el 3 de enero de 1970.

FUENTE: ESTUDIOS BÍBLICOS AVANZADOS

Wesley creyó, amó y obedeció

Wesley creyó, amó y obedeció

De estructura física delgada pero con músculos de hierro, Wesley cubrió en su tarea evangelizadora alrededor de cuatrocientos mil kilómetros, una distancia semejante a 10 vueltas alrededor del globo terráqueo.

Trescientos ocho años después de su nacimiento, John Wesley está vigente. Consagró su vida a Dios desde su niñez. Predicó sin desmayo la Palabra del Señor. Ejemplar pastor y teólogo inglés, sentó las bases de una forma de difundir el Evangelio.

La biografía de John Wesley, el varón de Jesucristo que originó un gran movimiento de renovación espiritual a mediados del siglo XVIII, no empezó el 17 de junio de 1703 –la fecha de su nacimiento-, comenzó mucho tiempo antes. Dios, por generaciones, preparó a dos familias de profundas convicciones evangélicas para ser los antepasados del hombre que cambió la historia religiosa del Reino Unido y marcó un antes y un después en el cristianismo mundial. Wesley fue el decimoquinto hijo de Samuel y Susana Wesley, ambos descendientes de dos estirpes consagradas a la fe en Cristo, y a lo largo de sus 87 años de vida se transformó en el predicar más prolífico y fecundo del Señor.

En sus primeros años de vida, Wesley, nacido en Epworth, Inglaterra, fue testigo de los diversos problemas sociales, políticos y religiosos que asolaron por aquel tiempo a Gran Bretaña. Así la gente que vivía cerca de su casa fue hostil con su familia debido a sus creencias y varias veces atacó su ganado, cosechas y hasta la misma casa de John. Cuando él tenía 6 años, aconteció un suceso donde la presencia del Altísimo se hizo evidente. Una noche el hogar de los Wesley fue incendiado. La familia escapó, pero John se había quedado durmiendo. Empero, fue salvado a último minuto gracias a la valentía de algunos vecinos. Esta experiencia quedó profundamente grabada en su memoria. Aquella noche sintió que Dios le salvó la vida con algún propósito especial.

A la edad de 10 años, luego de nutrirse con la fe sus progenitores, ingresó al Colegio de Charterhouse en Londres. Allí estudió lenguas clásicas, matemáticas y ciencias y se formó como un hombre de bien. Inmediatamente después pasó a la universidad de Oxford y mientras vivía una existencia disciplinada y austera, comenzó a reunirse con su hermano Charles y un grupo de otros profesores y estudiantes para orar y cultivar la lectura de la Biblia y hacer obras sociales siguiendo el ejemplo de Jesús. Ellos visitaban la cárcel, ayudaban a familias pobres y comenzaron una pequeña escuela. George Whitefield, otro gran evangelista de la época moderna, también fue miembro de este grupo al que se le llamó el “Club Santo”.

ENCUENTRO CON LUTERO

En octubre de 1735, John Wesley y su hermano Charles viajaron a América. John fue a servir como misionero en la ciudad de Savannah, parte de la colonia inglesa de Georgia, en tanto que Charles fue a desempeñar el cargo de secretario del fundador y gobernador de este territorio, el general James Edward Oglethorpe. En su primera misión religiosa, John hizo planes para celebrar servicios, visitó cada hogar y estableció una escuela para los hijos de los colonos. Además trató de enseñar a los indígenas, pero descubrió que los indios americanos tenían poco interés en escuchar la Palabra de Jesucristo de los hombres blancos, lo cual limitó su labor. Luego, tras dos años de muchas pruebas y frustraciones, regresó a Inglaterra.

Ya en Gran Bretaña, la noche del 24 de mayo de 1738, al escuchar la lectura de un comentario escrito por el reformador Martín Lutero, en un culto de oración, la vida de John Wesley cambió para siempre. Alguna vez afirmó: “sentí que mi corazón fue extrañamente conmovido, que confiaba en Cristo, y en Él únicamente para mi salvación, y me fue otorgada una certeza a mí de que Él había llevado y quitado mis pecados; sí, los míos, y que me había salvado a mí de la ley del pecado y la muerte”. Entonces empezó su ministerio. Recorrió toda Inglaterra y predicó sin descanso, las buenas nuevas del Altísimo. De esa manera, en vísperas de cumplir treinta y cinco años, inauguró el gran avivamiento evangélico del siglo XVIII.

De estructura física delgada pero con músculos de hierro, Wesley cubrió en su tarea evangelizadora alrededor de cuatrocientos mil kilómetros, una distancia semejante a 10 vueltas alrededor del globo terráqueo, la mayor parte a caballo. Bajo lluvias torrenciales, en los inclementes inviernos británicos con nieve y escarcha, siempre se mantuvo firme en la responsabilidad encomendada por el Creador. Sus biógrafos coinciden en que predicó además un estimado de cuarenta mil sermones y que podía recorrer cincuenta kilómetros a pie en un día o viajar a caballo hasta ciento treinta, sin descanso alguno. También apuntan que siempre despertó el interés del pueblo inglés y que llegó a reunir alguna vez a más de veinte mil personas.

John fue un hombre muy disciplinado. Planeó estrictamente las horas de cada día de su existencia y vivió un estilo de vida muy sencillo y austero. Asimismo, debido a su predilección por la literatura, redactó un estimado de 3,000 escritos sobre temas tan variados como teología, ciencia, lógica, medicina y música. Lo hizo, con la gracia de Dios, en tiempos complicados para el cristianismo y sin secretaria, máquina de escribir o computadora personal. Del mismo modo, escribió muchos libros devocionales que distribuyó entre sus seguidores y que debido a su gran éxito lo obligó a establecer su propia casa editora. Igualmente, el ministerio de Wesley no se limitó a Inglaterra. También se extendió por Irlanda.

LOS ÚLTIMOS AÑOS

Tocado por el Espíritu Santo, Wesley en todo momento mostró un interés particular en la niñez y en la juventud. Nunca se cansó de decirles a ellos, así como también a los adultos, que lo que debían hacer era “creer, amar y obedecer”. En ese contexto, el hijo de Samuel y Susana Wesley fundó el 24 de junio de 1748, en la ciudad de Kingswood, una escuela para la instrucción elemental de los niños y niñas desamparados del Reino Unido. En este espacio educativo popular, en sus orígenes, se enseñó diversas disciplinas seculares del saber humano, pero principalmente la Palabra de Dios. De igual forma, se encargó de proveer amparo a los necesitados y también construyó un dispensario médico a favor de los indigentes.

El 2 de marzo de 1791, a la edad de ochenta y ocho años, John Wesley culminó su paso por la tierra. Ese día Dios se llevó a su presencia a este hombre, santo y consagrado, quien en su lecho de muerte dijo: “lo mejor de todo es que Dios está con nosotros”. Su funeral, según su deseo, fue sencillo y uno de su biógrafos, William Henry Fitchett, describió que fue “llevado por seis hombres pobres, y dejó atrás nada más que una buena biblioteca, una toga muy gastada y una reputación muy amplia”. De este modo, acabó la vida del hombre más influyente de su tiempo, en el mundo de habla inglesa, que pregonaba que la tierra era su templo. Sin embargo, lo que él empezó se ha mantenido en pie por medio de los millones de seguidores del Rey de Reyes durante más de doscientos años.

Girolamo o Jerónimo Savonarola

Girolamo o Jerónimo Savonarola

Predicador y reformista italiano que predicó contra el lujo, el lucro, la depravación de los poderosos y la Iglesia, contra la búsqueda de la gloria y contra la homosexualidad.

Nació el 21 de septiembre de 1452, tercero de siete hijos de una familia noble en Ferrara, sus padres eran personas cultas y mundanas, y gozaban de mucha influencia. Su abuelo paterno era un famoso médico de la corte del Duque de Ferrara, y los padres de Jerónimo deseaban que su hijo llegase a ocupar el lugar de su abuelo. En el colegio fue un alumno que se distinguió por su aplicación.

De muy pequeño tenía costumbre de pasar muchas horas en oración; y a medida que fue creciendo su fervor a la oración y el ayuno fue en aumento, pasaba largas horas; de igual manera las Sagradas Escrituras influyeron para que el dedicase su vida enteramente a Dios.

Es muy probable que tuviera una desilusión con una joven florentina, por la oposición de la familia Strozzi. Además resentido por el mundo, desilusionado de sus propios anhelos, sin encontrar a nadie que le pudiere aconsejar; resolvió abrazar la vida monástica, y en 1474 ingresó en los dominicos en Bolonia.

Después de pasar siete años en Bolonia, Fray Jerónimo fue para el convento de San Marcos, en Florencia. En este lugar vio, con desilusión, que el pueblo florentino era tan depravado como cualquier otro lugar.

Hizo su primera aparición como predicador en 1482 en el priorato de San Marcos, la casa dominica de Florencia. Sus sermones se centraron cada vez más sobre el pecado de la sociedad, y atacó de forma abierta la corrupción y a los partidarios aristocráticos de los Medici.

En 1493 el Papa Alejandro VI, le nombró su primer vicario general, aprobó su propuesta de reformar la orden dominica en Toscana. Entonces sus sermones se hicieron políticos. En uno de sus discursos, señaló con claridad la próxima llegada de los franceses dirigidos por el rey Carlos VIII. Cuando esta predicción se cumplió con la aparición de las fuerzas francesas invasoras en 1494, ayudó a recibir a Carlos en Florencia. Cuando los franceses abandonaron la ciudad, se había creado una república de la que fueron excluidos los Medici, y él se convirtió, aunque sin funciones políticas, en su guía y espíritu animador.

Ni siquiera el papa Alejandro VI se vio libre de sus denuncias. Éstas, junto con la atribución de un don sobrenatural de profecía y su interpretación de las Sagradas Escrituras, disgustaron a Roma; y en 1495 fue acusado de herejía. Al no presentarse en Roma, se le prohibió predicar, y se revocó el expediente mediante el cual la rama florentina de su orden (dominica) obtuvo la independencia. Rechazó los intentos de conciliación del Papa con indignación, y de nuevo se le prohibió predicar, aunque ignoró esta orden.

Mientras tanto, las dificultades comenzaron a intensificarse en su patria. Las medidas de la nueva república resultaron impracticables. El partido de los Medici, llamado de los arrabbiati (en italiano, ‘enfurecido’), comenzó a recuperar terreno, y se formó una conspiración para apoyarles. Se ejecutó a cinco de los conspiradores, lo que sólo sirvió para acelerar la reacción contra Savonarola, ya que más tarde fue acusado de ello. En el punto crítico de la lucha, en 1497, llegó una condena de excomunión de Roma. La declaró nula públicamente y se negó a someterse a ella. Durante la epidemia de peste, a pesar de no poder administrar los santos óleos por estar excomulgado, se dedicó con entusiasmo a atender a los monjes enfermos.

Durante su corta influencia, el predicador fue amenazado; excomulgado y en 1498, fue declarado culpable de herejía y enseñanza sediciosa, y condenado a muerte. El 23 de mayo de 1498, fue ejecutado (ahorcado) y luego su cuerpo fue quemado en la plaza pública.

El Predicador y reformista italiano, cuyo intento entusiasta de eliminar la corrupción terminó en martirio se le recuerda como uno que dejó en los márgenes de las páginas de su Biblia notas escritas mientras meditaba en las Escrituras. Conocía de memoria una gran parte de la Biblia y podía abrir el libro y hallar al instante cualquier texto bíblico. Pasaba noches enteras en oración; dentro de sus libros se encuentran: “La Humildad”, “La Oración”, “El Amor”, etc.

John Bunyan

John Bunyan

Fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela: “El progreso del peregrino”, libro de mayor circulación después de la Biblia.

Bunyan nació un 28 de noviembre de 1628 en Elstow, cerca de Bedford. Hijo de un hojalatero, aprendió el oficio de su padre. Su padre era pobre pero consiguió que aprendiera a leer y escribir. A los 17 años luchó en el ejército parlamentario durante la guerra civil. En 1648, se casó con Margaret Bentley cuyos padres eran miembro de los puritanas de la época y muy fervorosos, en la que ingresó tras experimentar una conversión religiosa.

La lectura de Comentario a los Gálatas, de Martín Lutero, le impresionó profundamente por encontrar en el libro su propia experiencia espiritual. En 1655 se convirtió en uno de los líderes de una congregación de inconformistas de Bedford y empezó a pronunciar sermones como predicador laico en los que expuso las experiencias de su conflicto espiritual.

Después de morir su esposa, volvió a casarse y se convirtió en un predicador famoso que reunía grandes audiencias, lo que levantó las iras del clero oficial que no admitía la libertad de predicación de los ignorantes o de los que no estaban ordenados. Su declaración teológica más importante de esta época se encuentra en la doctrina de la ley y la gracia (1659). Tras la restauración de Carlos II en 1660, los puritanos perdieron el privilegio de la libertad de culto y se declaró ilegal toda liturgia que no estuviera de acuerdo con la Iglesia Anglicana. Bunyan, que persistió en sus prédicas prohibidas, acabó en la prisión del condado de Bedford de 1660 a 1672, aunque durante este tiempo se le permitió cierta libertad y pudo sostener a su familia haciendo cordones de zapatos.

Mientras estuvo en la cárcel, separado de su esposa y de sus hijos, especialmente de una hija ciega que tenía; su biblioteca consistió en la Biblia y el libro de los mártires del teólogo John Foxe. Estudiando el contenido y estilo literario de estas obras, empezó a escribir folletos y libelos. Antes de salir escribió la primera de sus obras importantes, su autobiografía espiritual: Gracia al mayor de los pecadores (1666).

En 1675 volvió a prisión durante seis meses por negarse a dejar de predicar; probablemente fue donde escribió la mayor parte de su obra principal: El peregrino. Viaje de un cristiano a la ciudad celestial, una alegoría del peregrinaje de un alma en busca de la salvación. La primera parte se publicó en 1678, la segunda en 1684. Durante su vida vio diez reediciones, y en su momento fue el libro más leído en Inglaterra después de la Biblia y ejerció una gran influencia en los escritores ingleses posteriores. Famoso por su estilo sencillo y bíblico, “El peregrino” está considerado como una de las mejores alegorías de la literatura inglesa, y ha sido traducido a más de ciento cincuenta lenguas, “El Peregrino” es el libro de mayor circulación después de la Biblia.

En los últimos años de su vida, Bunyan fue reconocido mundialmente, además de como clérigo puritano, como uno de los escritores más importantes. Aunque dedicó la mayor parte del tiempo al cuidado pastoral de su congregación, siguió publicando tratados teológicos, sermones y poesía, además su vida radicaba en su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, que él tanto amaba, y en la perseverancia de sus oraciones a Dios a quien adoraba.

Murió de neumonía el 31 de agosto de 1688 en Londres. Obras suyas son Vida y muerte de mister Badman (1680), una descripción de la vida de un depravado en la que condena de los vicios de la sociedad de la Restauración, y La guerra santa (1682), una alegoría religiosa y social.

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