¿Sólo una Manchita?

 
 
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¿Sólo una Manchita?

Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. – Santiago 2:10.

No hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios. – Romanos 3:22-23.

 

Para esa ceremonia se había puesto la camisa más hermosa que tenía, cuyo blanco resplandeciente hacía resaltar los colores de la corbata. Desgraciadamente, al guardar su bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta, la tinta hizo una minúscula mancha. El hombre pensó que un poquito de agua tibia disolvería esa mancha, pero la tinta se esparció y la manchita se convirtió en una gran aureola. ¡La camisa ya no le servía para ir a la boda!

 

Así es mi vida a los ojos de Dios. Está manchada, impropia para estar en su presencia, debido a la más pequeña mentira. La mínima falta hace de mí un pecador.

 

Quizás alguien diga: «¡No compare un criminal con una persona que sólo ha dicho una mentira!». En efecto, hay una gran diferencia entre los dos respecto a la vida en sociedad. Por esta razón la ley penal clasifica las faltas en diferentes categorías y aplica una mayor sanción según la gravedad de la falta. Pero Dios no juzga según las leyes humanas. Él mira nuestro corazón, nuestros pensamientos y acciones. A sus ojos todos, sin excepción, estamos manchados por el pecado y separados de él, estemos o no en la cárcel por el mal que hayamos cometido.

 

Pero gracias a Jesús, todos podemos ser perdonados. No tenemos necesidad de pagar por nuestros pecados ni purgar la condena que merecemos, pues Jesús tomó nuestro lugar muriendo en la cruz.

 

Fuente:amen-amen

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La Primacía de la Oración

La primacía de la oración

La oración es un trabajo espiritual y la naturaleza humana rehúye un trabajo espiritual y exigente. La oración hace a uno sumiso. Abate el intelecto y el orgullo, crucifica la vanagloria y señala nuestra insolvencia espiritual. Es más cómodo no orar que hacer abstracción de aquellas cosas. La oración escasa es una especie de pretexto, de subterfugio para la conciencia, una farsa y un engaño.

Ya conoces el valor de la oración: es precioso sobre todo precio. Nunca la descuides. -Sir Thomas Buxton.

 

La oración es lo más necesario para el ministro. Por tanto, mi querido hermano ora, ora, ora. -Edward Payson.

 

La oración en la vida,en el estudio y en el púlpito del predicador, ha de ser una fuerza conspicua y que a todo trascienda. No debe tener un lugar secundario, ni ser una simple cobertura. A él le es dado pasar con su Señor “la noche orando a Dios”. Para que el predicador se ejercite en esta oración sacrificial es necesario que no pierda de vista a su Maestro, quien “levantándose muy de mañana, aún muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”. El cuarto de estudio del predicador ha de ser un altar, un Betel, donde le sea revelada la visión de la escala hacia el cielo significando que los pensamientos antes de bajar a los hombres han de subir hasta Dios; para que todo el sermón esté impregnado de la atmósfera celestial, de la solemnidad que le ha impartido la presencia de Dios en el estudio.

 

Como la máquina no se mueve sino hasta que el fuego está encendido, así la predicación, con todo su mecanismo, perfección y pulimento, está paralizada en sus resultados espirituales, hasta que la oración arde y crea el vapor. La forma, la hermosura y la fuerza del sermón son como paja a menos que no tenga el poderoso impulso de la oración en él, a través de él y tras él. El predicador debe, por la oración, poner a Dios en el sermón. El predicador, por medio de la oración, acerca a Dios al pueblo antes de que sus palabras hayan movido al pueblo hacia Dios. El predicador ha de tener audiencia con Dios antes de tener acceso al pueblo. Cuando el predicador tiene abierto el camino hacia Dios, con toda seguridad lo tiene abierto hacia el pueblo.

 

No nos cansamos de repetir que la oración, como un simple hábito, como una rutina que se practica en forma profesional, es algo muerto. Esta clase de oración no tiene nada que ver con la oración por la cual abogamos. La oración que deseamos es la que reclama y enciende las más altas cualidades del predicador; la oración que nace de una unión vital con Cristo y de la plenitud del Espíritu Santo, que brota de las fuentes profundas y desbordantes de compasión tierna y de una solicitud incansable por el bien eterno de los hombres; de un celo consumidor por la gloria de Dios; de una convicción completa de la difícil y delicada tarea del predicador y de la necesidad imperiosa de la ayuda más poderosa de Dios. La oración basada en estas convicciones solemnes y profundas es la única oración verdadera. La predicación respaldada por esta clase de oración es la única que siembra las semillas de la vida eterna en los corazones humanos y prepara hombres para el cielo.

 

Naturalmente que hay predicación que goza del favor del público, que agrada y atrae, predicación que tiene fuerza literaria e intelectual y puede considerarse buena, excepto en que tiene poco o nada de oración; pero la predicación que llena los fines de Dios debe tener su origen en la oración desde que enuncia el texto y hasta la conclusión, predicación emitida con energía y espíritu de plegaria, seguida y hecha para germinar, conservando su fuerza vital en el corazón de los oyentes por la oración del predicador, mucho tiempo después de que la ocasión ha pasado.

 

De muchas maneras nos excusamos de la pobreza espiritual de nuestra predicación, pero el verdadero secreto se encuentra en la carencia de la oración ferviente por la presencia de Dios en el poder del Espíritu Santo. Hay innumerables predicadores que desarrollan sermones notables; pero los efectos tienen corta vida y no entran como un factor determinante en las regiones del espíritu donde se libra la batalla tremenda entre Dios y Satanás, el cielo y el infierno, porque los que entregan el mensaje no se han hecho militantes, fuertes y victoriosos por la oración.

 

Los predicadores que han obtenido grandes resultados para Dios son los hombres que han insistido cerca de Dios antes de aventurarse a insistir cerca de los hombres. Los predicadores más poderosos en sus oraciones son los más eficaces en sus púlpitos.

 

Los predicadores son seres humanos y están expuestos a ser arrebatados por las corrientes del mundo. La oración es un trabajo espiritual y la naturaleza humana rehúye un trabajo espiritual y exigente. La naturaleza humana gusta de bogar hacia el cielo con un viento favorable y un mar tranquilo. La oración hace a uno sumiso. Abate el intelecto y el orgullo, crucifica la vanagloria y señala nuestra insolvencia espiritual. Todo esto es difícil de sobrellevar para la carne y la sangre. Es más cómodo no orar que hacer abstracción de aquellas cosas. Entonces llegamos a uno de los grandes males de estos tiempos; poca o ninguna oración. De estos dos males quizás el primero sea más peligroso que el segundo. La oración escasa es una especie de pretexto, de subterfugio para la conciencia, una farsa y un engaño.

 

El poco valor que damos a la oración está evidenciado por el poco tiempo que le dedicamos. Hay veces que el predicador sólo le concede los momentos que le han sobrado. No es raro que el predicador ore únicamente antes de acostarse, con su ropa de dormir puesta, añadiendo si acaso una rápida oración antes de vestirse por la mañana. ¡Cuán débil, vana y pequeña es esta oración comparada con el tiempo y energía que dedicaron a la misma algunos santos varones de la Biblia y fuera de la Biblia! ¡Cuán pobre e insignificante es nuestra oración, mezquina e infantil frente a los hábitos de los verdaderos hombres de Dios en todas las épocas! A los hombres que creen que la oración es el asunto principal y dedican el tiempo que corresponde a una apreciación tan alta de su importancia, confía Dios las llaves de su reino, obrando por medio de ellos maravillas espirituales en este mundo. Cuando la oración alcanza estas proporciones viene a ser la señal y el sello de los grandes líderes de la causa de Dios y la garantía de las fuerzas conquistadoras del éxito con que Dios coronará su labor.

 

El predicador tiene la comisión de orar tanto como de predicar. Su labor es incompleta si descuida alguna de las dos. Aunque el predicador hable con toda la elocuencia de los hombres y de los ángeles, si no ora con fe para que el cielo venga en su ayuda, su predicación será como “metal que resuena o címbalo que retiñe”, para los usos permanentes de la gloria de Dios y de la salvación de las almas.

Henri Dunant, el creador de la Cruz Roja

El anuncio de que Cruz Roja ha recibido el premio Príncipe de Asturias tiene lugar en unos momentos en que pocas personas conocen la personalidad de su fundador, un hombre de profunda impronta cristiana y ejemplar desprendimiento.

En 1828, veía la primera luz en Suiza un joven llamado Henri Dunant.

Procedente de una familia profundamente protestante que le imbuyó desde los primeros años un hondo amor por las enseñanzas de Jesús.

Siendo niño, Henri ganó en la escuela el premio a la piedad y, pocos años después, se convirtió en un ávido oyente de los sermones de Louis Gaussen, un predicador que fundaría la Société Evangélique y la Facultad libre del oratorio.

Gaussen insistía en vivir el Evangelio dotando de especial valor a la práctica de la caridad y su influencia en Dunant fue decisiva.

Con tan solo veinte años, Dunant contribuyó a la fundación de la denominada Reunión de los jueves, unos encuentros en los que los jóvenes asumían tareas caritativas.

En el curso de los años siguientes, tendió puentes hacia organizaciones juveniles semejantes como la YMCA fundada en 1844 por George Williams. En agosto de 1855, incluso logró unir a varias de estas organizaciones juveniles en un encuentro que tuvo lugar en París.

El 24 de junio de 1859, Dunant se encontraba de camino para entrevistarse con Napoleón III . Su propósito era lograr el permiso imperial para poder enviar misioneros protestantes a Argelia, a la sazón colonia francesa.

Hasta ese momento, las autoridades galas se habían mostrado muy reticentes frente a la idea de que aquellos misioneros desarrollaran su actividad en territorio francés aunque también se ocuparan de tareas humanitarias.

Poco podía imaginarse Dunant que, al día siguiente, sería testigo directo de la batalla de Solferino en la que cuarenta mil soldados cayeron muertos o heridos.

Dunant comprobó con horror que  nadie atendía a los heridos  por temor a que fingieran estarlo y atacaran a los que acudieran a socorrerlos. Abrumado por aquella experiencia, Dunant escribió  Recuerdo de Solferino  que fue publicado en noviembre de 1862.

En octubre de 1863, se reunieron en Ginebra treinta y un delegados de dieciséis naciones para discutir su visión.  Dunant abogó por la creación de una organización absolutamente neutral cuyas actividades humanitarias fueran aceptadas por todos los beligerantes. Fue así como se optó por diseñar una bandera que era la de Suiza, la patria de Dunant, con los colores invertidos. Acababa de nacer la Cruz Roja.

En agosto de 1864, Dunant lograba además que doce naciones firmaran la Primera convención de Ginebra, inicio del derecho humanitario de guerra.

Sin embargo, Dunant, que tanto éxito había tenido en sus actividades caritativas, no tuvo uno similar con los negocios. Con treinta nueve años estaba totalmente arruinado y se vio obligado a abandonar Ginebra.

En 1887, regresó a Suiza donde un periodista oyó hablar de él y decidió sacarlo del olvido. Lo consiguió y  en 1901, Dunant recibió el primer Premio Nobel de la paz .

Dunant no aprovechó un solo céntimo del premio para si mismo. Entregó buena parte de la cantidad para la fundación de un hospital para pobres en Heiden y el resto lo distribuyó entre instituciones caritativas de Noruega y Suiza.

Murió pobre en 1910, pero, seguramente, con la certeza de que, como enseñó su maestro Jesús, había amasado una fortuna en los cielos.

 Autores: César Vidal Manzanares

Fuentes: La Razón©Protestante Digital 2012

El Ladrón convertido

El Ladrón convertido

Dwight Moody fue un evangelista, además de fundar la Iglesia Moody, la escuela Northfield y escuela Mount Hermon en Massachusetts, el Instituto Bíblico Moody y la Moody Press.

Moody cuenta el caso de un ladrón llamado Burke, quién leyó en la cárcel un sermón en el diario de la ciudad, cuyo titulo era: “El carcelero atrapado”. El título le sugestionó pensando que sería una interesante historia carcelera.

 Era, naturalmente, la del capítulo 16 de los hechos de los Apóstoles. La pregunta del desesperado guardián de presos le interesó y más la respuesta del apóstol. El mensaje de la salvación llegó a su alma y fue convertido.

 

Años más tarde Moody visitó a esta “nueva criatura en Cristo”, viéndole rodeado de joyas y valores, pues era nada menos que el guardián de la caja fuerte de un banco.

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