Sirviendo de verdad y de corazón

Sirviendo de verdad y de corazón
Rev. Gustavo Martínez Garavito
El pueblo de Israel renunció al gobierno de Dios. Samuel les advirtió sobre el mal que vendría. El pueblo más tarde se dio cuenta que más que un error era un pecado.
“Entonces dijo todo el pueblo a Samuel: Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros. Y Samuel respondió al pueblo: No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón. No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran, porque son vanidades. Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo. Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto. Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros. Mas si perseverareis en hacer mal, vosotros y vuestro rey pereceréis”, 1 Samuel 12:19-25.
Cuando nosotros le servimos a Dios le estamos adorando, le estamos ministrando, le estamos obedeciendo. Estos versículos nos hablan de aquel día cuando el pueblo de Israel había pedido rey, el pueblo quería ser similar a las demás naciones, querían tener su propio rey. Dios ministraba directamente a través de Samuel, pero este pueblo quiso estar como los demás pueblos que no conocen de Dios. Samuel había envejecido, y sus hijos no andaban en el temor de Dios.
Samuel llevó esa queja a Dios, le pareció muy grave, y dijo Dios a Samuel: “No te han desechado a ti, sino a mí, me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 Samuel 8:7). Renunciaban prácticamente al gobierno de Dios y pedían ser gobernados directamente por los hombres. Era un cambio muy drástico pero a veces eso es lo que el hombre prefiere, no ser guiado por Dios sino por los hombres, pensando que el hombre lo haría mejor. Samuel les advierte sobre el mal que vendría. El pueblo más tarde se dio cuenta que más que un error era un pecado. Samuel vio que el pueblo se atemorizó, les dice: “No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón” (1 Samuel 12:20).
Cuando una persona hace daño o hace mal, el propósito es no detenerse a reflexionar, sino que se deja llevar por el enemigo que le dice: “ya pecó, ya no le queda otra cosa que seguir por el camino equivocado, Dios no le va a perdonar, lo que Dios tenía para darte quedó anulado, ya no cuenta contigo”. Entonces la persona en lugar de frenar su carrera lo que hace es acelerar hacia el mal, pero pudo haberlo corregido, pudo haber ido a Dios en busca del perdón, pero no lo hace sino que por lo general tiende a apartarse y a enlodarse en el pecado. Por eso es que Samuel les dice que han hecho mal, pero mejor es y para su propio bien que no se aparten del Señor, sino que se arrepientan y comiencen a servir a Dios con todo el corazón.
Recordemos que Dios es misericordioso y la Biblia dice: “Si fuéremos infieles, Él permanece fiel” (2 Timoteo 2:13). Dios no es como los hombres, Él cuando perdona olvida nuestra maldad, “sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19). Si ha fallado a Dios lo mejor es que se detenga, haga un alto en su camino, vuelva arrepentido, y comience a servirle de verdad con sinceridad y de todo su corazón.
Samuel les sigue diciendo: “No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran, porque son vanidades” (1 Samuel 12:21). En otras palabras no vayan a desviarse a la idolatría, a darle la gloria a otro que no es Dios, no se vayan a apartar porque Jehová a querido haceros pueblo suyo, el propósito de Dios es hacerle bien, es llevarle adelante, es darle descanso, darle paz a su corazón. El verso 25 dice: “Mas si perseverareis en hacer mal”, quiere decir que si el hombre persiste, si sigue en su pecado, si sigue en su maldad, entonces “vosotros y vuestro rey pereceréis”. Si la persona persiste en hacer mal entonces Dios tiene que traer una tremenda disciplina o juicio. Lo peor es cuando se hace esclavo del pecado, persiste en ello, entonces Dios le abandona y deja que venga sobre su vida el juicio.
Pero si la persona obró mal, si pecó, pero se arrepintió, se apartó del pecado, lo confesó a Dios, como dice la Biblia: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13). Lo que Dios quiere es que le sirvamos, por eso en 1 Samuel 12:24 les dice: “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros”. Quiere decir que tenemos que servirle de verdad y de corazón, el solo hecho de pasar por alto nuestro pecado, vale la pena, estamos endeudados eternamente para servirle, para adorarle, para alabarle, para obedecerle en todo lo que Él diga a través de su Palabra, porque Él derramó su sangre para redimirnos.
La epístola a los Hebreos 12:28 nos dice: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia”. No éramos nada, no merecíamos su gracia ni su amor, pero nos hizo merecedores, nos hizo dignos por su misericordia y nos dio un reino inconmovible. Entonces si hemos recibido de Él un reino inconmovible, levantándonos no siendo nada, estando en el polvo de la tierra, entonces “tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios”, seamos agradecidos. El servicio a Dios debe ser fruto de nuestra gratitud, porque estamos agradecidos eternamente, agradecidos por lo que Él ha hecho con nosotros.
Hay los que conocen la Palabra, y cuántas bendiciones Dios les ha dado, Dios los ha prosperado, los ha guardado y no muestran con su vida y con su servicio gratitud al Señor, son más bien desagradecidos. Como aquellos nueve leprosos que cuando se vieron libres de la enfermedad no regresaron, sólo uno regresó a rendirle gratitud al Señor. Jesús le dijo: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17.17); se habían ido tras las cosas de este mundo pero no se dieron tiempo para regresar. Que una persona confinada a una enfermedad como la lepra, que no había medicina alguna, y que en un instante sea sanado y quede liberado de ese flagelo, y no tenga ni siquiera el más mínimo detalle de darle gracias al Señor es inconcebible.
Qué terrible, pero a veces nos escandalizamos de esos nueve ingratos y no nos damos cuenta de que en muchas ocasiones somos similares a ellos, porque lo que Dios ha hecho con nosotros es grande, la carga que quitó de nosotros es grande, como para que vivamos agradecidos diariamente, y le rindamos a Dios un servicio de verdad, no de apariencia, no de hipocresía sino de verdad, de corazón, porque nos salvo, porque nos dio vida, y como si fuera poco puso en nosotros su Santo Espíritu.
El día que a Saúl lo fueron a nombrar rey se escondió, no quería aparecer en la escena, temblaba, le daba miedo, se dio cuenta que era insignificante; y el Señor sabía que lo estaba haciendo de corazón, Dios vio que se sentía insignificante. Cuando Dios comenzó a bendecirnos, nos sentíamos insignificantes, sin valor, pero después nos llenamos de una falsa confianza, nos sentimos fuertes sin serlo, olvidando que si hay algo en nosotros digno de alabanza no es por nuestra fuerza, es por la gracia de Dios en nuestra vida.
La Biblia registra lo que le pasó a los hijos de Judá, ellos eran piedras preciosas, valiosísimas, eran de ese oro puro finísimo, con ese brillo único que los caracterizaba, pero el profeta dice de ellos: “¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo! Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles. Los hijos de Sion, preciados y estimados más que el oro puro. ¡Cómo son tenidos por vasijas de barro, obra de manos de alfarero!” (Lamentaciones 4:1-2). Dios ha puesto un tesoro en nosotros que somos vasijas de barro, si hay algún brillo, si hay alguna atracción es lo que por dentro hay, el día que perdamos ese tesoro, esa riqueza, seremos catalogados como vasijas sin valor, nadie se nos acercará, nadie nos consultará, si hoy la gente busca algún valor es por la gracia de Dios.
El Señor dirigiéndose a una de las iglesias del Asia Menor a través de Juan le dijo: “Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Apocalipsis 3:11). Si no nos ponemos a producir lo que Él nos ha dado, lo que piensa tener le será quitado y dado a cualquier otro que tiene más. Job también dice: “La bendición del que se iba a perder venía sobre mí” (Job 29:13), por eso es que cada día prosperaba y cada día era más bendecido, la bendición de los que la despreciaban venía sobre él. ¿Quiere la bendición de Dios? Sírvale de verdad, con sinceridad, sin incertidumbre de fe, con corazón sincero e íntegro, haga las cosas con amor para el Señor, para agradarle a Él.
En Deuteronomio 10:12 dice: “Ahora pues Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?”; eso es lo que Dios pide de su pueblo. El verso 20 dice: “A Jehová tu Dios temerás, a Él sólo servirás, a Él seguirás, y por su nombre jurarás”; cuando dice a “Él sólo servirás” está hablando de un servicio único, de un servicio exclusivo, ese servicio que se le rinde a Dios no lo puede recibir otro, cuando se refiere directamente a Él es un servicio único exclusivo, nadie más puede ser servido como se sirve a Dios.
Qué triste que a veces mostramos más interés en servirle a los hombres, y no con ese mismo interés ni ánimo para servirle a Dios, a veces con pereza, con desgano, y si le queda algún tiempo. Pero para servirle a los demás siempre hay voluntad, tenemos ánimo pronto para correr a lo que nos beneficia humanamente. La gente como tiene que cumplir un compromiso con el hombre madruga, pero el día que no tiene que trabajar o estudiar ese día no madruga, porque solamente madruga cuando es el trabajo o es un viaje, para el Señor no nos queda tiempo. Nos esmeramos porque vamos detrás de una recompensa, de que alguien se lleve un buen concepto de nosotros. Pero sepa que Dios nos recompensará mucho más, vayamos tras la recompensa que encontraremos halla en el reino de los cielos.
Nuestro servicio tiene que ser único, exclusivo y aceptable. Romanos 12:1 dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”; un culto con entendimiento, con sabiduría, un culto aceptable que no va a ser rechazado, sino que va a ser tenido en cuenta porque ese es el culto que Dios quiere, eso es lo que Dios espera de nosotros que le ofrezcamos, Dios quiere un culto donde tiene que ver todo nuestro ser, un culto con todo nuestro entendimiento, con toda nuestra entrega. En Juan 4:23, leemos: “Porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”; anhela el Padre adoradores que le adoren en espíritu y en verdad, en verdad porque hay gente que le sirve pero no de verdad.
La Biblia dice que había gente que le sirvió a Dios pero no de perfecto corazón, eso quiere decir que le ofrecieron un culto no agradable, no le dieron la gloria que Él debería recibir. Dios tuvo que decir: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Isaías 29:13); uno puede aparentar servir a Dios, pero de qué le sirve esa alabanza, ese culto no lo recibe el Señor porque no es de verdad. Dios habita en medio de la alabanza, por eso cuando uno alaba a Dios el cielo se abre, los demonios huyen, hay libertad, hay restauración, y hay vida. Cuando una Iglesia alaba y adora a Dios, no hay diablo que la pueda destruir. Cuando el pueblo le alaba la presencia de Dios se mueve, cae la presencia de Dios como el rocío, cuando se alaba a Dios suceden cosas maravillosas.
Amado, a Dios hay que servirle de todo nuestro corazón. “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros”. Amén.
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