En tu abatimiento busca las Alturas

En tu abatimiento busca las Alturas

Hna. Carmen Valencia de Martínez

“Y David se quedó en el desierto en lugares fuertes, y habitaba en un monte en el desierto de Zif; y lo buscaba Saúl todos los días, pero Dios no lo entregó en sus manos.”1 Samuel 23:14.

David fue un hombre que amó y sirvió a Dios aun en las más adversas circunstancias. David no se soltó de la mano del Señor ni en medio de sus fallas, ni por causa de sus pecados. Pero también en medio de ese ánimo y de esa ilusión que tenía de servir, siempre estuvo en el altar del Señor, en algunas ocasiones pidiendo perdón en otras pidiendo fortaleza y dirección de parte del Señor.

David no solamente fue un hombre bendecido por Dios, que le falló al Señor, sino uno que también fue probado. Fue llevado hasta el extremo del límite humano, hasta un momento en el que pensó que ya no podía resistir, que sus fuerzas se habían agotado, momentos en los cuales tuvo que expresar como dice el Salmo 119, leemos: “Abatida hasta el polvo está mi alma” (v.25); y más adelante: “Se deshace mi alma de ansiedad” (v.28); “desfallece mi alma” (v.81); y no solamente su alma, pues dice: “Desfallecieron mis ojos” (v.82); y hay una pregunta que presenta delante del Señor y le dice: “¿Cuándo me consolarás?” (v.82); y después de esa pregunta dice: “Porque estoy como el odre al humo” (v.83).

Una de las costumbres del pueblo antiguo era que aquellos odres de una cuerda o de un hilo lo colgaban cerca del fuego con el propósito que se secara; en otras palabras David cuando le dice al Señor mi vida está “como odre al humo”, lo que dice es: “Señor mi vida está vacía, mi vida está desgastada, mi vida está seca, mi vida está siendo inútil, no estoy cumpliendo con mi función”. David se está dirigiendo al Señor a pesar de la angustia y dolor que atraviesa, con una expresión de confianza en Dios, una expresión donde da a entender el amor que tenía por la Palabra de Dios. David dice: “Mi corazón desfallece, mis ojos desfallecen, pero mi corazón espera en tus mandamientos, mi corazón ama tu ley”.

David le dice al Señor en el Salmo 119:48, leemos: “Alzaré asimismo mis manos a tus mandamientos que amé, y meditaré en tus estatutos”; también dice: “Señor en tu misericordia concédeme tu ley”. Cada una de esas expresiones da a entender que David había llegado a un punto donde se sentía desfallecer. Pero que a pesar de estar abatido, a pesar de sentirse desgastado y vacío, nunca soltó la Palabra de Dios. David nunca dejó de aferrarse a las promesas de Dios, porque sabía que si se soltaba de la Palabra ya no había esperanza para él. A pesar de que estaba tocando hasta el polvo de la tierra, él estaba aferrado a la roca inconmovible que es la Palabra.

Uno se puede aferrar a una persona, pero llegará el momento en que Dios se lo lleve, o hasta le dé la espalda. Entendemos que no hay otro soporte tan sólido como la Palabra; porque aquel que confía en el hombre va a perecer, pero aquel que se apoya en Dios, por más que esté a rastras, en medio del dolor, en medio de la necesidad, esa persona levantará su cabeza, así no tenga fuerzas va a llegar el momento en que esa misma Palabra va a ser fortaleza para su alma, va a ser fortaleza para sus huesos. Por eso David en el Salmo 73:26 dice: “Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”. Los grandes hombres de Dios del pasado y aún de este tiempo, que buscaron a Dios en medio del abatimiento, en medio del dolor, ellos supieron correr a aquel que podía hacer algo por ellos.

Hablamos ahora sobre el rey Saúl, un hombre atormentado por el odio, un hombre caído, que lo único que sentía era celos y odio en contra de David, quien era un siervo de Dios. Aunque David no estaba ejerciendo el reinado siendo elegido por Dios, todavía Saúl estaba al frente del pueblo y lo veían como una autoridad, Saúl no tenía la presencia ni la aprobación de Dios, pero estaba ocupando la posición de rey, el corazón de Saúl ya estaba descarriado, ya estaba dañado. Posiblemente en medio de la Iglesia muchas personas pueden estar haciendo cosas grandes, aparentemente muy buenas, pero tienen el corazón dañado, pero llegará el momento en que Dios decida de una vez por todas raer a esa persona y colocar en su lugar una persona fiel, uno que ame al Señor, y que entienda la magnitud del privilegio que le ha sido delegado.

Llegó un momento en que Saúl no soportó más lo que sentía por David, y dice en 1 Samuel 18: 11-12, leemos: “Y arrojó Saúl la lanza, diciendo: Enclavaré a David a la pared. Pero David lo evadió dos veces. Mas Saúl estaba temeroso de David, por cuanto Jehová estaba con él, y se había apartado de Saúl”. El odio que sentía Saúl por David, era porque sobre David había algo que Saúl ya había perdido, sobre David estaba la presencia de Dios, el poder de Dios, la unción de Dios. David no tomó la situación con sus manos, no tomó una lanza, ni lo maldijo, sencillamente hizo algo y fue huir de la presencia de Saúl.

Los hijos de Dios nunca se rebajaran al nivel del oponente, nunca se bajarán al nivel de aquel que los odia, el verdadero hijo de Dios no sabe responder con agresión cuando le han agredido. Esa persona aprende que de Dios es la venganza, que Dios toma la situación del justo. El verdadero hijo de Dios cuando viene la persecución, cuando llega la aflicción, sabrá siempre adónde debe recurrir, esa persona sabe que la ayuda y fortaleza que necesita no la encuentra en el ser humano, sólo la encontramos en Dios nuestro Señor. En el Salmo 93:4, leemos: “Jehová en las alturas es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas, más que las recias ondas del mar”. Cuando en medio de los problemas sabemos recurrir a aquel que tiene la fuente del poder las cosas van a ser diferentes, y va a haber en nuestra vida paz en medio de la tormenta.

Pero nosotros tampoco podemos confiarnos, que a pesar de que estemos en las alturas el enemigo va a dejar de perseguirnos. En 1 Samuel 19:19 nos dice la Palabra que Saúl cuando se dio cuenta que David estaba en Naiot en Ramá salió detrás de él con el propósito de destruirlo. Nuestro enemigo nunca cesará de atacarnos, así estemos nosotros día y noche en la presencia de Dios habitando en lugares altos, con más ira atacará, con más ira atacará el hogar, con más ira atacará la congregación, porque nunca va a estar conforme ni contento viendo que usted está habitando cerca de Dios.

En 1 Samuel 23:14, leemos: “Y David se quedó en el desierto en lugares fuertes, y habitaba en un monte en el desierto de Zif; y lo buscaba Saúl todos los días, pero Dios no lo entregó en sus manos”. Algo sucede cuando aprendemos a refugiarnos en las alturas espirituales, y es que el enemigo nunca nos podrá tocar por más que quiera, podrá lanzar sus dardos, pero el Señor va a ser nuestro escudo, va a ser nuestra defensa. En Isaías 33:16 dice: “Éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio”. El verdadero hijo de Dios no solamente alcanza protección, sino que alcanza fortaleza y bienestar, no solamente tiene la ayuda de Dios sino que viene a ser la altura un refugio, estando allí la fortaleza de Dios no podrán perforarla, ese refugio en la presencia de Dios será muy estable y Satanás no podrá perforar esa protección.

Estando David en el desierto de Zif escribió el Salmo 11 y el primer verso es una expresión de confianza y dice: “En Jehová he confiado; ¿cómo decís a mi alma, que escape al monte cual ave?” En medio de la aflicción, en medio del abatimiento hay que recurrir a los lugares fuertes que Dios a provisto para nosotros, hay que recurrir a esa morada de rocas. David habitó en un monte en el desierto, habitó en lugares fuertes, sabía que tenía que sentirse seguro ante el ataque del enemigo. Usted no puede sentirse tranquilo sabiendo que estamos viviendo los últimos tiempos, que nos ha tocado vivir y luchar las últimas horas de esta guerra espiritual que se ha sostenido durante milenios con nuestro enemigo que es Satanás.

David sabía que era el ungido de Dios, que fue elegido como rey por Dios. No toma venganza del odio del rey, no hace nada en contra de Saúl, no toma la situación en sus manos. Porque sabía que en Saúl había una investidura de autoridad, que aunque ese hombre todavía estaba ahí, ya sabemos que estaba caído, lleno de odio, lleno de venganza, pero era el rey. Y esto hace que David no ceda a la tentación de sus compañeros de matarlo cuando le dicen: “He aquí el día de que te dijo Jehová: He aquí que entrego a tu enemigo en tu mano, y harás con él como te pareciere” (1 Samuel 24:4). Pero David dice: “Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová” (v.6). David no lo veía como un hombre caído, lo que veía era la autoridad delegada que había en este rey.

Vamos a ver dos lugares fuertes donde en medio de la aflicción en medio del abatimiento podemos recurrir: 1) Uno de esos lugares fuertes es la oración y 2) otro lugar fuerte es la confianza en Dios en medio de la crisis.

1). LA ORACIÓN

En medio del abatimiento, en medio de la angustia, tiene que saber que hay un lugar donde puede refugiarse, donde usted puede huir, pero no por cobardía, sino para estar en el lugar fuerte donde sus pies van a estar firmes para resistir el ataque, para ser fortalecido por Dios, porque dice la Palabra en Santiago 4:7, leemos: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros”.

La oración en la vida del cristiano es indispensable, a través de la oración usted puede contarle a Dios lo que le sucede, lo que le agobia, usted puede descansar en Él, pero cuál es la equivocación de muchos de nosotros que, en medio del abatimiento, en medio del problema recurrimos a un amigo, recurrimos quizás al líder y ya en segunda opción recurrimos a Dios que es el único que puede darnos la mano en ese momento. La oración acerca al cristiano a Dios, el hombre y la mujer que ora será una persona que no la va a desubicar la aflicción ni los problemas, por más fuerte que sea el ataque esa persona va a estar firme en la confianza que tiene en las promesas de Dios.

La oración no es un simple balbuceo donde pasamos una hora o más. Tenemos que entender que la oración es una guerra continua contra Satanás. Cuando yo me entrego a la oración, tengo que entregarme con mi mente, con mis fuerzas, con todo mi ser, tengo que entregarme en esa lucha porque de lo contrario esa oración nunca llegará a la presencia de Dios y solamente mi mente estará divagando, y nunca esa oración logrará derribar las murallas que Satanás haya levantado en contra de mi hogar, en contra aun de mi propia vida.

Las mujeres y los hombres de oración son personas sensibles, que sienten el dolor de otros, esa persona que ora cuando ve a alguien triste siente el dolor que ese hermano está pasando y en vez de señalarlo, en vez de criticarlo, llega a doblar sus rodillas, llega hacer uso de la oración. Si nosotros queremos que nuestra forma de ser o nuestro carácter sea doblegado, el único camino que hay es ser hombres y mujeres de oración.

2). LA CONFIANZA EN DIOS EN MEDIO DE LA CRISIS

La confianza encierra el esperar en Dios. Muchos en la iglesia han perdido oportunidades valiosas y grandes, han perdido ministerios, porque nunca aprendieron a esperar en Dios, solamente les cogió la impaciencia en lo espiritual y en lo material. La impaciencia siempre nos llevará a cometer errores y en ocasiones irreparables, que por más que lloremos no vamos a poder remediar las consecuencias, por no tener calma y por no aprender a estar quietos en la presencia de Dios y a esperar el momento oportuno de Dios. La persona que no sabe esperar será una que nunca va a ver sus sueños realizados, que nunca tendrá experiencias con Dios. El que aprende a esperar en Dios siempre tendrá dominada la carne, sus sentimientos y sus impulsos, esa persona no se mueve si Dios no le dirige, si Dios no ha tomado el control.

El esperar tiene que ver con el alma, tiene que ver con el corazón y no con la mente, porque con la razón nunca esa persona podrá sentirse reposada ni quieta, porque siempre estará razonando y va a estar en una desesperación constante. El esperar en Dios está ligado a la fe, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6). La persona que cree lo hace con el corazón, David lo entendía así, y es por eso que dice: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” (Salmo 27:13). El que ha aprendido a confiar en Dios sabrá estar rendido ante la presencia de Dios, sabrá estar quieto en la presencia de Dios, por mas difícil que sea el problema entiende lo que debe hacer, el Señor nos dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10).

Cuando uno no sabe qué hacer, cuando no entiende la situación, solamente le resta hacer algo y es no dar un paso adelante, antes hay que estar quieto buscando la fortaleza en Dios. Dios va a tomar en sus manos esa situación, porque el esperar en Dios trae fortaleza. “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas” (Isaías 40:31), esa promesa es para los que aprenden a esperar en Dios. “Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo” (Salmo 92:10), en esa fortaleza, en esa ayuda de Dios está incluida la calma que nuestro corazón necesita. El que ha confiado en Dios estará estable en sus emociones, estable en su fe, puede sentir dolor, puede llorar, pero esa persona en lo más profundo de su corazón va a decir nunca voy a renegar contra Dios, voy a estar quieto, apoyado en Dios, apoyado en Su Palabra.

La persona que aprende a esperar en Dios sabe que por más doloroso que sea la situación y por más fuerte que haya sido el golpe a su corazón eso no fue coincidencia, eso no fue mala suerte, esa persona está persuadida que si algo Dios permitió, es Dios quien ha tomado el control, entenderá que Dios tiene los hilos de su futuro, de todo su destino. Pero cuando Satanás ve que una persona aprende a esperar en Dios, entonces tiembla, y si algo le duele es ver la esperanza de un cristiano en medio del dolor, en medio de la prueba. “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”, 2 Corintios 4:17.

“Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre”, Salmo 125:1. Esa persona estará sólida, estará firme, esa persona jamás será desubicada, puede pasar la tormenta y seguirá amando a Dios. Hay un pensamiento que dice: “A veces Dios calma la tempestad, pero otras veces deja rugir la tempestad, y calma a sus hijos”. Él puede controlar la tempestad, pero también cuando Él quiere pasarnos por la tempestad dejará rugir la tempestad, dejará que lleguen los problemas pero nos garantiza calmar nuestros corazones. Nunca debe de permitir que la adversidad le haga caer, excepto de rodillas ante Dios, que es lo único que se puede permitir en medio del problema.

El brazo humano le puede fallar, esa persona en la cual se ha apoyado tiene un límite, pero el brazo de Dios permanece extendido y su fuerza no hay quien la acabe. David se fortaleció en Dios, el Salmo 71:14 dice: “Mas yo esperaré siempre, y te alabaré más y más”; en otras palabras dijo: “Yo no voy a dejarme llevar por el problema, una sola cosa voy a hacer y es esperar en Dios siempre, y voy a alabar a Dios más y más”.

Una sola cosa haga en medio del dolor busque el lugar alto, busque alturas espirituales, busque estar en lugares fuertes como es la oración, como es la confianza en Dios y su pie nunca resbalará, su hogar nunca fracasará, y verá sus ideales hechos una realidad, y verá sus sueños realizados, podrá ver los propósitos de Dios. El Señor le dice: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).

Amado, el Señor está a su lado, no hay porque flaquear, no hay porque decir no vuelvo a orar, solamente refúgiese en Dios, aunque vea el panorama oscuro, a través de la oración Dios hará que usted visualice una luz donde le muestre la salida.

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